Si estás a punto de adoptar un cachorro de border collie, o acabas de hacerlo, esta es nuestra experiencia real con Loki: lo bonito, lo duro y lo que ojalá alguien me hubiera contado antes.
Hay mil artículos que te explican cómo educar a un cachorro border collie. Listas de consejos, pautas, calendarios de vacunas. Este no es uno de esos.
Este es el relato de cómo fueron de verdad los primeros meses con Loki. Con todo.
Porque si algo he aprendido desde entonces es que los primeros meses con un cachorro no se parecen en nada a lo que imaginas antes de tenerlo.
El día que Loki llegó a casa
Cuando lo rescataron estaba lleno de garrapatas y parásitos, y muy delgadito. Llegó con tanta hambre que al principio lo llamaron Hungry. El mismo día tuvieron que limpiarlo y desparasitarlo. Tenía algo menos de dos meses, aunque su edad exacta era imposible de saber.

Un día después, el 11 de junio de 2024, fuimos a por él.
Recuerdo perfectamente la primera vez que lo cogí. Era diminuto. Apenas un poco más grande que mis palmas. Lo miré y pensé que era imposible que algo tan pequeño fuera a cambiar tanto nuestra vida.
Fue amor a primera vista. De esos momentos en los que sabes que algo importante acaba de pasar aunque todavía no entiendas muy bien hasta qué punto.
Cuando llegamos al piso estaba bastante dormido. Le enseñamos un poco la casa, le pusimos agua, le enseñamos su camita en el salón y allí se quedó tumbado.
No sé si él estaba tranquilo o simplemente agotado después de todo lo que había vivido esos días.
Nosotros desde luego no lo estábamos.
Mientras él dormía, nosotros lo mirábamos cada dos por tres. Como si de repente nos hubieran dejado al cargo de algo muchísimo más importante de lo que esperábamos.

El vértigo de los primeros días
Durante las primeras semanas estuve un poco en shock. No me terminaba de creer que Loki fuera ya parte de nuestra familia. Habíamos pasado de plantearnos si adoptar o no un perro a tener uno durmiendo en el salón de casa de un día para otro.
Recuerdo perfectamente cuándo me golpeó de verdad la realidad.
Varios grupos de amigos estaban organizando planes para el fin de semana. Nada loco, una escapada, una comida larga, pasar el día fuera. Y de repente me di cuenta de que ya no podía improvisar como antes. Porque estaba Loki.
Y no era solo ese fin de semana. Era el siguiente. Y el otro. Y el de dentro de seis años. Por primera vez sentí el peso de la responsabilidad.
Ese cachorro dependía completamente de nosotros para todo. Para comer. Para salir. Para aprender. Para estar acompañado.
Hubo momentos en los que pensé: «¿En qué nos hemos metido?»
En mi caso duró poco. Al cabo de unas semanas ya no concebía la vida sin él, por más cambios que hubiera supuesto. Pero recuerdo perfectamente aquella sensación. Y creo que es mucho más normal de lo que la gente reconoce.
Las primeras noches
Esa primera noche apenas dormí.
No porque Loki llorara. Todo lo contrario.
Era yo el que estaba pendiente de cualquier ruido. Teníamos miedo de que se sintiera solo, de que echara de menos a sus hermanos, de que se pusiera a llorar en aquella casa nueva y desconocida.
Pero durmió toda la noche.
Por la mañana nos acercamos de puntillas al salón para ver cómo estaba. Allí seguía, despierto, sentado en su camita, observando aquella habitación que ahora era su hogar.
Cuando nos vio, vino corriendo.
Imposible imaginar un mejor primer despertar.
Habíamos debatido mucho si dejarle entrar a la habitación a la hora de dormir o mantener ese límite desde el principio. Al final optamos por lo segundo.
La primera noche fue perfecta.
Las siguientes ya no tanto.
Loki ya conocía la casa y había descubierto que detrás de aquella puerta estábamos nosotros. Varias veces vino llorando de madrugada.
Y aquí tuvimos que tomar una decisión que fue bastante dura al principio: no hacerle caso. No porque no nos diera pena. Nos daba muchísima. Pero porque sabíamos que si cedíamos una vez, un border collie tan inteligente como él aprendería enseguida que llorar era la forma de conseguir lo que quería.
Así que aguantamos.
Las primeras noches costó. Pero aprendió muchísimo más rápido de lo que esperábamos.
Al cabo de pocos días dejó de despertarnos y empezó a respetar las noches por completo. Con los meses incluso dejamos de cerrar la puerta. Y aun así seguía esperando hasta la hora del paseo para venir a despertarnos, normalmente con más energía y más besos de los necesarios para esa hora de la mañana.

Lo del pis: peor de lo que imaginaba
Sabía que un cachorro se hace pis en casa.
Lo que no sabía era que podía convertirse en una especie de juego macabro de búsqueda y captura.
Las primeras semanas los accidentes eran constantes. Y cuando digo constantes, quiero decir constantes.
Con la caca mejoró relativamente rápido. El pis fue otra historia.
El problema es que muchas veces ni siquiera lo veías. Simplemente empezabas a notar un olor raro en algún rincón de la casa y comenzaba la investigación.
Mirabas debajo de una silla. Nada. Detrás del sofá. Nada. Hasta que finalmente descubrías que había encontrado algún rincón imposible debajo de un mueble o una esquina recóndita.
Y vuelta a empezar.
Recuerdo especialmente los marcos de madera. Algunos absorbían el pis y conservaban el olor durante días. Por mucho que limpiáramos, parecía que siempre quedaba algo.
Fue probablemente la parte más desesperante de toda la etapa de cachorro.
Pero también fue una de las que más rápido olvidé. Ahora lo recuerdo y me hace gracia. En aquel momento no tenía ninguna.
Lo que usamos nosotros
El que usamos nosotros es el EOS Odor Eliminator. Un limpiador enzimático elimina el olor de raíz, no solo lo tapa, y evita que el perro vuelva a hacérselo en el mismo sitio. En la etapa de cachorro es imprescindible.
Los mordiscos y los destrozos
Como le estaban saliendo los dientes, lo mordía absolutamente todo. Le compramos mordedores, juguetes y cualquier cosa que pareciera diseñada para cachorros. Le daba igual.
Las patas del sillón quedaron destrozadas. Las de la mesa nueva del salón también. Y las de los muebles de la terraza terminaron igual. Parecía que hubiera entrado un castor en casa.

Tampoco ayudaba que fuera un ladrón en toda regla. Si algo quedaba a su alcance, desaparecía. Unas zapatillas, unas gafas, ropa… cualquier cosa podía acabar entre sus dientes. Lo peor era que muchos destrozos ocurrían cuando no estábamos, así que llegabas a casa, veías el desastre y ya era imposible corregir nada.
Por suerte, como tantas otras cosas de la etapa de cachorro, también pasó. Hoy es difícil creer que aquel pequeño terrorista doméstico y el perro tranquilo que duerme en el salón sean el mismo animal.
Los zoomies son una fuerza de la naturaleza
Hay una cosa que nadie me había explicado bien: los zoomies.
Si nunca has tenido un cachorro, es difícil describirlo. Imagina que de repente algo se activa en su cerebro y decide correr a máxima velocidad por toda la casa sin ningún plan aparente.
Loki atravesaba el piso como una bala.
Un día, en uno de esos momentos de locura absoluta, salió disparado por el salón, se llevó por delante el bebedero, empapó medio suelo y siguió corriendo como si nada hubiera pasado. El problema es que el suelo mojado resbalaba. Mucho. La siguiente curva la tomó bastante peor de lo que esperaba y acabó estampándose contra uno de esos jarrones grandes de suelo.
El jarrón explotó en mil pedazos.
Por suerte él salió ileso. Yo tardé bastante más en recuperarme del susto.
Lo que no me esperaba para nada
Sabía que me gustaban los perros.
Lo que no sabía era hasta qué punto podía llegar a querer a uno.
Siempre había escuchado a amigos hablar de sus perros con una intensidad que yo no terminaba de comprender del todo. No porque me pareciera raro. Simplemente porque todavía no había vivido algo parecido.
Hasta que llegó Loki.
Desde el primer día le cogí muchísimo cariño. Eso no fue una sorpresa. La sorpresa fue darme cuenta, pocas semanas después, de la dimensión que estaba tomando ese vínculo.
Recuerdo preocuparme por cosas que unos meses antes me habrían parecido absurdas. Si había comido menos de lo normal. Si estaba más apagado que otros días. Si aquella tos rara era algo importante o simplemente una tontería. Que me alegraba más de lo normal verle cuando volvía a casa. Que cualquier tontería que hacía me parecía muchísimo más importante de lo que debería.
Y entonces empecé a entender algo.
Empecé a entender por qué la gente que tiene perro habla tanto de ellos. Por qué llenan el móvil de fotos. Por qué siempre encuentran alguna excusa para sacar el tema en una conversación. Por qué se preocupan tanto cuando les pasa algo.

Porque dejan de ser simplemente una mascota. Pasan a formar parte de tu vida de una forma difícil de explicar hasta que la experimentas.
Y eso fue algo que me sorprendió muchísimo. Y que sigue sorprendiéndome hoy.
En lo que creo que acertamos
No lo hicimos todo bien. Pero hay un par de decisiones de las que me alegro especialmente.
La primera fue sacarlo pronto a la calle. Hay bastante debate al respecto: algunos veterinarios recomiendan esperar a que estén totalmente vacunados, otros dicen que es mejor empezar antes con cuidado. Nosotros optamos por lo segundo y empezamos a llevarle al parque de enfrente, evitando zonas de césped, sin dejar que se acercara a pipis o cacas de otros perros, y solo dejándole interactuar con perros vacunados. Nunca sabré cuánto influyó exactamente, pero me alegro de haberlo hecho. Luego fue un perro muy sociable y sin miedos, y creo que algo tuvo que ver.
La segunda fue trabajar la calma con la comida desde muy pequeño. Cuando llegó, probablemente por sus primeros meses en el campo, estaba muy ansioso a la hora de comer. Lo fuimos trabajando con ejercicios de paciencia y funcionó de maravilla. Hoy es un perro tranquilísimo comiendo, y nunca ha sido pesado pidiendo comida mientras comemos nosotros porque nunca le dimos nada desde la mesa.
Lo que me habría gustado saber
Si pudiera volver atrás y hablarme el 11 de junio de 2024, le diría que los primeros meses son duros. Que va a haber vértigo, pis imposible de encontrar, muebles mordidos y algún jarrón que no sobrevivirá. Que algún día pensaré «¿en qué me he metido?».
Pero también me diría que todo eso pasa. Y que lo que queda después, el perro que duerme tranquilo toda la noche y te despierta a la hora del paseo con más energía de la que tú tienes, vale infinitamente más.

Si hoy pudiera volver a aquel 11 de junio, no cambiaría absolutamente nada. Ni siquiera los pis imposibles de encontrar.
¿Estás en tus primeros meses con un cachorro border collie? Cuéntame cómo lo llevas en los comentarios. Y si tienes dudas antes de dar el paso, escríbeme, te cuento encantado.

David
Vivo en Valencia con Loki, un border collie rescatado en Gilet. En este blog cuento nuestra experiencia real: paseos, disc dog, reactividad y todo lo demás. Nuestra historia →




